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El santo de los emprendedores

El Santo de los emprendedores: El camino a los altares de Enrique Shaw, contado por su hija

Tras la aprobación de un milagro en 2025, Enrique Shaw —marino, empresario y padre de nueve hijos— se encamina a convertirse en el primer empresario beatificado del mundo. A través del testimonio de su hija, su historia revela cómo la santidad puede vivirse en la fábrica, en la familia y en el trabajo cotidiano.

Enrique en la puerta de la cristalería que condujo como empresario

La historia de la Iglesia suele estar poblada de monjes en claustros o mártires de épocas remotas, pero la crónica que hoy nos ocupa ocurre entre el ruido de hornos de vidrio, barcos de la Marina y la mesa familiar de un hogar con nueve hijos. Es la historia de 

Enrique Ernesto Shaw, un hombre que nació en París en 1921 y falleció en Buenos Aires en 1962, y que hoy, tras la aprobación de un milagro en diciembre de 2025, se encamina a ser el primer empresario beatificado del mundo.

Para entender cómo un alto ejecutivo llega a los altares, hay que escuchar la voz de su hija, Sara Shaw de Critto. Con la lucidez de sus 79 años, Sara no relata una hagiografía rígida, sino la vida de un hombre que "deseaba hacer bien las cosas" y que no se dejó arrastrar por "el viento de las propagandas".

Un oficial de marina que quería ser santo
La vocación de Enrique no nació en un escritorio, sino en el mar. A los 14 años entró en la Marina, una etapa que forjaría su disciplina y sentido de responsabilidad. A los 19 años, en plena Segunda Guerra Mundial, navegaba en pequeños barcos de Puerto Belgrano a Tierra del Fuego. Sara recuerda que su abuelo, un hombre que valoraba la ética por "propia dignidad" y no necesariamente por amor a Dios, le daba biografías de científicos y hombres ilustres para que su hijo hiciera "cosas importantes".

Sin embargo, mientras Enrique leía esas vidas en sus horas de guardia, llegaba a una conclusión distinta. En las cartas que le escribía a su novia, Cecilia Bunge, le confesaba: "No hay nada más importante que la santidad". En una carta de Año Nuevo, fue tajante: "Es necesario ser santos, empezar". A Cecilia, que entonces tenía 19 años, la idea no le entusiasmó: en esa época la santidad se asociaba a ropas negras y mantillas, algo que Enrique se encargaría de desmentir con su vida cotidiana.

El "overol" en el directorio de Rigolleau
Tras dejar la Marina, Enrique entendió que Dios lo llamaba a evangelizar el mundo de la empresa. Se convirtió en el Director General de Cristalerías Rigolleau, una fábrica que en aquel entonces ya era un gigante industrial. Pero Enrique no era el típico directivo de la época. Mientras otros jefes entraban a la oficina con el diario bajo el brazo para evitar problemas, él se ponía un overol y recorría la fábrica con un amperímetro en la mano para medir la temperatura de las máquinas.

Sara relata que su padre "humanizó el trabajo en tiempos donde la cosa no era tan humana". Su enfoque no era una estrategia de marketing, sino algo que nacía "todo de corazón". Impulsó el salario familiar y la protección del consumo popular, convencido de que la empresa debía basarse en la doctrina social de la Iglesia. En 1952, esta visión lo llevó a fundar la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE).

Sara y Enrique

La alegría como "fruto del Espíritu"
Cuando a Sara le preguntaron en el tribunal eclesiástico qué definía a su padre, ella respondió sin dudar: "Una gran alegría". Para Shaw, tener "mala cara" era una falta de caridad hacia los demás. En la fábrica, los operarios se sorprendían porque él siempre sonreía y los saludaba por su nombre, algo inusual en un ambiente de directivos a veces "antipáticos" o malhumorados.

Esa alegría se trasladaba al hogar. A pesar de sus inmensas responsabilidades, Enrique siempre tenía tiempo para escuchar a sus hijos. Sara recuerda cómo le sorprendía, al visitar casas de amigas, notar que otros padres eran distantes o usaban malas palabras. Para Enrique, las preocupaciones de sus hijos, como una nota en la escuela, eran intenciones válidas para el rosario familiar que rezaban todas las noches en círculo.

Un proceso de beatificación desde las bases
El camino hacia los altares de Enrique Shaw no ha sido un proceso burocrático frío. Se basó en el testimonio de quienes lo conocieron en el día a día. El primer postulador de la causa fue, significativamente, un compañero de trabajo de la fábrica. Se recolectaron 400 testimonios, muchos de ellos de obreros que relataban cómo aquel director general los trataba con una dignidad que nunca habían experimentado.

Monseñor Santiago Olivera, quien lleva adelante la causa, siempre recuerda que el objetivo no es darle un "Premio Nobel" a una persona, sino proponer un modelo para que otros, especialmente los jóvenes, deseen la santidad en sus propios ámbitos. En diciembre de 2025, el Papa León dio el paso decisivo al reconocer el milagro atribuido a su intercesión, lo que despejó el camino para su beatificación.

El legado del "Santito de los Emprendedores"
Enrique Shaw falleció de cáncer en 1962, a los 41 años. Enfrentó su enfermedad con la misma serenidad con la que manejaba su empresa. Hoy, su figura se alza como el "santo de los emprendedores", un título que a Sara le encanta porque moderniza la imagen de la santidad.

Su vida demuestra que no hay contradicción entre ser un empresario exitoso y un cristiano ejemplar. En un mundo económico a menudo percibido como frío o implacable, el proceso de beatificación de Shaw rescata la idea de que la empresa es, ante todo, una comunidad de personas. Como dice Sara, su padre no hizo "cosas raras", simplemente vivió lo ordinario de una manera extraordinaria, demostrando que se puede dirigir una fábrica y ser, al mismo tiempo, un servidor de Dios. Su historia, que comenzó en los mares del sur y pasó por los despachos de Buenos Aires, termina ahora en los altares, dejando un faro de esperanza para quienes buscan integrar la fe con el trabajo diario.

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