Pasado y presente del proyecto colonial
A partir de las ideas de Hernández Arregui, el artículo revisa cómo la injerencia norteamericana y europea buscó fragmentar la unidad latinoamericana desde el siglo XIX hasta hoy, debilitando el proyecto común iniciado por San Martín y Bolívar.
En el Capítulo III de su libro "¿Qué es el ser nacional?", Juan José Hernández Arregui comienza citando una frase del español Berenguer, que da cuenta de la vieja y para nada inocua injerencia norteamericana en nuestro devenir, y denuncia a los "Estados Unidos" (que hicieran todo lo contrario con su propio territorio para ser una gran Nación), "quienes por ignorancia o por malicia infundieron a la obra de Bolívar y San Martín el virus de los nacionalismos (nacionalismos de aldea, aislantes y separatistas), ahogando el espíritu de nacionalismo único (latinoamericano), y al mismo tiempo dejando latente el germen de futuras disputas fronterizas (y no solo fronterizas…) con las cuales se aseguraba la debilidad de las Américas".
Una de esos "gérmenes de disputas" es la aparición en el mundo académico latinoamericano y en los países de base mayoritaria indígena con más razón (Bolivia, Perú, Ecuador, Guatemala e incluso México), de una fuerte corriente ideológica y también política, que algunas veces descree de nuestro nacionalismo popular clásico y otras pretende confundir latinoamericanismo con plurinacionalismo, con lo que, de hecho, nos hace dividir fuerzas y retroceder inexplicablemente más de doscientos años, despojándonos de la identidad común indo-hispano-americana que ya teníamos al iniciar y concluir Bolívar y San Martín la revolución de nuestra independencia de España, que aquellos militares patriotas, con alta inteligencia y lucidez política, pretendían que ocurriera conservando la unidad de toda Nuestra América y el Caribe, como lo demuestran la lucha sin fronteras del general San Martín en el Río de la Plata, Chile y Perú entre 1812 y 1822 y la invitación del general Bolívar a todos los Estados americanos para participar en 1826 del Congreso de Panamá, que aspiraba a concretar -antes que en Norteamérica- la gran federación americana o Estados "unidos" del Centro y Sur América.
En esa línea, "uno de los motivos del olvido deliberado del período virreinal por parte de la historiografía de las oligarquías (otrora localistas y hoy, sin fronteras, desembozadamente entregadas al poder foráneo) ha respondido al plan oculto -como nos advierte Hernández Arregui en su clásico libro- de hacerles perder a estos países el recuerdo de la primitiva unidad bajo el dictado de los intereses extranjeros suplantados por nacionalismo sin fundamentos geográficos reales", y en algunos casos identificados con "nacionalismos étnicos" de un pasado remoto, sin razón de ser en un presente acuciado por la necesidad de unidad nacional y de un mismo nacionalismo latinoamericano -como fuera el de la Independencia-, que nos devuelva la fuerza ("la unión hace la fuerza") para encarar un mejor futuro para todos… sin cuya unión "seremos indefendibles" y "no seremos nada".
Pérdida de la unidad y de la identidad
Pues bien, si como dice Hernández Arregui, "con la caída del Imperio Español, América Latina entra en el vertiginoso proceso de disensión política y su retroceso cultural… y al producirse la emancipación, con el desarrollo manufacturero de Estados Unidos… se inicia la expansión del norte sobre el sur".
"Al margen de idealizaciones democráticas posteriores, difundidas por el propio imperialismo norteamericano" (del que no hay que descartar cualquier intento de colonizarnos por derecha o por izquierda mientras esas opciones nos dividan y nos debiliten), en 1823, con la política "anticolonialista" del presidente Adams ("América para los americanos"), que representaba "el creciente poderío mundial de Estados Unidos", surgió la Doctrina Monroe.
Ya el mandatario norteamericano -sostiene Hernández Arregui- "había señalado la conveniencia para Estados Unidos, de que las diversas regiones latinoamericanas se organizasen mediante sistemas tan diferentes y separados entre sí como sea posible", todo lo contrario de lo que lograrían los yankis con la Guerra de Secesión (1861 – 1865).
Por esos mismos años, Mitre, respondiendo a los intereses británicos, destruía desde adentro la unidad suramericana en la Guerra fratricida contra el Paraguay.
Pues bien, ese proyecto se actualiza en nuestros días "como una cuestión de espacio vital para Estados Unidos" (hoy en crisis y decadencia frente al mundo multipolar emergente), y también para el poder que Europa conserva en Nuestra América, en particular Gran Bretaña, hoy representado por el creciente poderío y dominio sobre nuestra política y nuestros políticos, y sobre nuestra economía y territorios terrestres, insulares y marítimos, aunque también, y decisivamente, sobre nuestra conciencia y cultura nacional, varias veces centenaria, aunque adormecida y/o vaciada de contenido nacional.
No se trataba, como insiste el pensador nacional, "de una lucha por la libertad" -Bolívar lo había presentido-, sino de "razones geopolíticas", que alimentaban y alimentan "esta voluntad imperial norteamericana" en la medida en que el dominio y poder de Estados Unidos "descansó y descansa sobre la anulación nacional de América Latina".
Esa anulación suprimió el alma nacional común y la desposeyó de su identidad nacional de conjunto, la fragmentó cómo y cuántas veces pudo, y hoy la intenta dividir en toda clase de guetos políticos, ideológicos, culturales, religiosos, espirituales y étnicos (anteponiendo contradicciones y diversidades totalmente secundarias), que le impiden reconocer sus verdaderas raíces para disponerse a luchar en conjunto, ser ella misma y una sola, con una sola voz y con un solo espíritu, tras la sagrada finalidad de reconstruir la Nación que éramos en épocas de San Martín y Bolívar, que nos llevó a encarar en conjunto nuestra liberación continental desde Haití al Río de la Plata y que constituye nuestro legado y mandato histórico.
En efecto, al inicio del siglo XIX, mestizos, criollos, indios y negros de toda nuestra América logramos en conjunto nuestra independencia de España (como así también de Francia, en el caso de Haití en 1804, y de Portugal, en el caso de Brasil, en 1822), quedando pendiente la unidad nacional y la liberación social y espiritual de la Patria Grande.
De allí la necesidad de definir y asumir la identidad y/o "ser nacional" del conjunto, no como una suma ni una resta de sus partes sino como un Todo en potencia, que hoy necesita imperiosamente y sin más demoras ni excusas, unirse, federarse e integrarse para defenderse, desarrollarse internamente, actuar en forma necesariamente autónoma y no perecer.
Para empezar, necesitamos entender sencillamente por qué, en lugar de avanzar, retrocedemos, y por qué en pleno siglo XXI todavía seguimos desunidos y dominados por mecanismos de subyugación política, económica, social, psicológica, espiritual y cultural que nos impiden ver y resolver de raíz nuestras reales necesidades e intereses mayoritarios y de conjunto (no solo de minorías), como lo hicieron los países que hasta ayer considerábamos "civilizados" y hoy consideramos desarrollados, aunque sin reparar que lo fueron en gran medida a costa nuestra y pensando antes que nada en sus propios intereses nacionales, que es lo que tenemos que hacer nosotros.
Al producirse la Revolución de Mayo en el Río de la Plata y heredar las condiciones económicas de la época hispánica, que venía precedida por el Reglamento de Comercio Libre de 1778 y la Ordenanza de 1809, ya con pleno dominio económico por parte del naciente imperio inglés, el doctor Mariano Moreno, que había sido el abogado de Mr. Mackinnon en la Representación de los Hacendados (como lo menciona el historiador José María Rosa en "Defensa y perdida de nuestra independencia económica"), ahora como secretario de la Junta de Gobierno de Buenos Aires y redactor de La Gaceta, reconocía y advertía en las páginas de aquel diario revolucionario fundado el 7 de junio de 1810, en plena puja por la soberanía política y la independencia económica, cuyas banderas, entre otras, siguen pendientes de realización:
"El extranjero no viene a nuestro país a trabajar en nuestro bien, sino a sacar cuantas ventajas pueda proporcionarse… miremos sus consejos con la mayor reserva, y no incurramos en el error de aquellos pueblos inocentes que se dejaron envolver en cadenas en medio del embelesamiento que les había producido los chiches y abalorios".