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España y América: legado ignorado

La parábola americana de la leyenda negra

Juan José Hernández Arregui sostiene que la llamada "leyenda negra" distorsionó la historia de España en América, ocultando la riqueza cultural, literaria y política heredada que aún define la identidad latinoamericana.

En su libro sobre el "ser nacional", Juan José Hernández Arregui sostiene lo siguiente: "A raíz de la emancipación, junto con las mercaderías británicas, comerciantes y cronistas, con frecuencia agentes secretos, escriben sus memorias e impresiones de viajes sobre la América Española", influyendo decisivamente en la historiografía liberal posterior "repetida en español". 

"Peregrinas tesis de mayor vuelo, pero no menos tendenciosas -insiste el escritor nacional-, se acompañaron desde entonces contra España", dadas a conocer como parte de la "leyenda negra española". 

Se disimuló y se "olvidó" en la ponderación europea y anglosajona de la historia, fundamenta Hernández Arregui, "que la figura de Juan Luis Vives (español) es tan importante o más que la de Erasmo" (Países Bajos), y "se ignoró la deuda de Shakespeare a la literatura española", olvidando a Shelley (otro inglés), "cuyos dioses fueron Platón y Calderón", cuando proclamó la grandeza universal de "esa majestuosa lengua que Calderón lanzó sobre el páramo de los siglos y de las naciones…", lengua que los latinoamericanos heredamos y a la que le dimos nuestra impronta nativa, que nos regaló las obras entrañables del Inca Garcilazo de la Vega, Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ruiz de Alarcón y Fray Luis de Tejeda; el pensamiento político, historiográfico, económico, filosófico y literario del siglo XIX y XX; y las obras deslumbrantes de la literatura latinoamericana de nuestro tiempo. 

Ese hondo y extenso legado histórico, político, filosófico, artístico y literario se lo quiere reemplazar en el presente por "tesis menores" y/o "tesis peregrinas", que niegan nuestras grandes, poderosas y todavía vigentes verdades nacionales y continentales, y hasta nuestra propia identidad nacional común y original como criollos y latinoamericanos. 

Sin complejos de culpa, de inferioridad ni de auto denigración, completa Hernández Arregui, la literatura española era por entonces (siglo XVI y XVII) la más resplandeciente y original de Europa, y la llamada cultura de Occidente (tan reclamada luego por los liberales europeizantes y norteamericano céntricos desde el siglo XIX hasta la actualidad) no existiría sin la conquista de Granada y el triunfo final sobre los dueños de Constantinopla (siglo XV), "aunque la liquidación del poder económico y civilizador de los moriscos -señala el analista- significó la detención de España en las formas productivas precapitalistas", aunque no feudales, porque como aclara el mismo escritor, "España, a pesar de su atraso industrial, y gracias a la economía de las colonias, era con características propias una potencia europea capitalista": "España inaugura la era del capitalismo europeo ascendente durante el siglo XVI y lo presenta como misión espiritual". Del mismo modo lo habían hecho los Incas, sin ser capitalistas ni feudales, que "presentaban" su legado divino a los pueblos conquistados, como lo hemos testimoniado largamente en "Crónicas Latinoamericanas" (2020).  

Respecto a España, "este espíritu dúplice de la colonización en América -económico y a la vez espiritual en sentido amplio, afirma Hernández Arregui- subsiste en la Recopilación de las Leyes de Indias, elevado cuerpo de legislación social (como no tendría paradójicamente ninguna otra potencia "civilizadora" de Europa), cuyo inconveniente con relación a los indios fue que no se cumplió nunca". 

En verdad, la realidad americana no sería finalmente manejada por los representantes directos de la Corona española o los misioneros consustanciados con el mandato evangélico, sino por encomenderos, terratenientes, intermediarios y mercaderes sin corona, sin ideales, sin religión, sin Patria y sin ley, como los describía Manuel Belgrano en su "Autobiografía": "hombres que por sus intereses particulares posponían el común".

Sin duda, había dos Españas, así como hay dos Américas: la europea y la hispano-americana, desde donde se desprendían ya por entonces dos visiones distintas del mundo propio y extraño, a la par que se destacaban dos grandes escalas sociales diferentes: la oligarquía española, por un lado, y las clases populares criollas, mestizas e indígenas de toda América, sufrientes tanto por la hegemonía política y social española como por la hegemonía económica y cultural del imperio anglosajón emergente, con el cual se aliaría finalmente la oligarquía criolla.   

La existencia mestiza y criolla mayoritaria actual, aunque con fuerte impronta indígena donde antes hubo arraigo de imperios y/0 civilizaciones anteriores (como en Bolivia, Guatemala, Perú, Ecuador e incluso México), son una muestra, en comparación con los Estados Unidos de Norteamérica, de que aquí no hubo una política de exterminio indígena, como si la hubo en la Nación del Norte, donde en lugar de mestización y alianzas con sectores nativos, como en Hispanoamérica, sobrevivió allí solamente la raza blanca conquistadora. Tal vez ello se debiera al carácter imperialista y esclavista heredado de la Europa anglosajona.

En cambio, no fue escasa la herencia que América y los americanos recibieron de España, en la medida en que nacieron históricamente de sus genes y cultura. Nuestra identidad criolla responde a esa realidad incontestable, aunque se la quiera negar con teorías que poseen un sello académico "global", pretendidamente incuestionables. 

Herencia y legado

Además de la herencia literaria, de la lengua, la religión (que el espíritu latino civilizador de los romanos terminó aceptando como suya y difundió al mundo, y que nosotros recibimos a través de España y no de segunda mano por parte de otros imperios), los latinoamericanos -hijos de padre español y madre india en nuestros orígenes- heredamos también el pensamiento clásico y humanista universal que había penetrado en España a través de otras importantes culturas predecesoras como la greco-romana, judeo-cristiana, visigoda (de origen germánico) y árabe. 

Fue esa España la que se mestizó con los habitantes nativos de nuestros territorios, unificó un continente hasta entonces disperso y fundó universidades, como no lo había hecho ningún otro imperio colonial en el universo. 

Resulta importante y vital poner el foco en las verdaderas causas de nuestro atraso y retrocesos; en las diferencias entre Europa y España en el pasado; y en la condición espiritual y psico-social a la que se nos quiere reducir, quitándonos nuestra naturalmente heredada y a la vez potencial grandeza legada como nuevo pueblo y nueva raza, "fruto de las anteriores y superación de todo lo pasado" (como nos definía José Vasconcelos), "hijos de dos mundos y nativos de un mundo nuevo".  

A fines del siglo XVIII, revela Hernández Arregui, "la potencia de América Hispánica era superior a la de España", por lo que no se le puede seguir echando la culpa a aquella vieja España de nuestros males actuales. 

En tales condiciones y circunstancias -vuelve a advertirnos el pensador nacional- "habría de hincar la política inglesa, pues si bien en el orden jurídico y político éstas no eran colonias, las relaciones económicas de las postrimerías con la metrópoli decadente lo eran de hecho". 

Lo serían igualmente las provincias argentinas respecto a Buenos Aires (o al menos eso pretendía Buenos Aires) hasta la nacionalización de su Aduana, la federalización y capitalización de la ciudad de Buenos Aires y la creación del Estado Nacional moderno por parte de la Generación Nacional y provinciana del ‘80, gestas que, a contramano de lo que somos histórica, cultural y existencialmente, el mismo designio historiográfico colonizador pretende desconocer en su huella profundamente criolla, progresiva, federal y nacional a la vez. 

"Contra los hechos…" solo valen nuevos hechos que "superen" las tesis perimidas y nos permitan acceder a nuevas "síntesis" y a un gran futuro político, económico, social, cultural y espiritual, sin necesidad de retroceder un siglo, dos ni quinientos años, con el fin de alcanzar una felicidad y una grandeza que supimos conquistar muchas veces como argentinos y alguna vez también como indo-hispano-americanos antes de perder lo que nuestros Libertadores ganaron en batallas históricas memorables y trágicamente olvidadas

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