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Debate emblemático del ’73

El debate Rucci – Tosco de 1973

Rucci y Tosco expusieron visiones enfrentadas del movimiento obrero en un programa televisivo que refleja la tensión entre el peronismo sindical y la izquierda tradicional argentina.

En 13 de febrero de 1973, Canal 11 de la Capital Federal puso en el aire a través del programa "Las dos campanas", el debate entre dos de los máximos dirigentes sindicales de la época: José Ignacio Rucci, secretario general de la Central Obrera de la República Argentina (CGT), y Agustín Tosco, secretario general del gremio de Luz y Fuerza de Córdoba y secretario adjunto de la Regional cordobesa de la CGT en esa época. 

Tenían dos visiones sobre el país, sobre el sindicalismo y sobre la situación política y social, que ambos dejarían plasmadas en su participación en aquel programa, como de hecho se esperaba. Lo que hoy llama la atención, al volver a escuchar la grabación, es que los conductores del programa y periodistas invitados se dirigieran al secretario general de la Confederación General del Trabajo casi despectivamente, solo por su apellido, y, en cambio, al dirigirse a su contrincante en el debate, lo hicieran como "Señor Tosco". El fenómeno de las dos varas no es nuevo. El anti peronismo de clase media, de derecha e izquierda, tampoco. Como ya lo descubriera Saúl Taborda en sus reflexiones de 1918, se trataba también de "doble moral": "una para los amos, la otra para los oprimidos", más allá de las intenciones o expresiones de deseo.  

Esas dos visiones que Rucci y Tosco expresaban dentro del movimiento obrero argentino respondían, de alguna manera, al carácter contradictorio de los "dos países" en pugna que vienen desde el fondo de nuestra historia. Ya lo decía Juan Bautista Alberdi: "No son dos partidos; son dos países": "dos países, dos causas, dos intereses, dos deudas, dos créditos, dos tesoros, dos patriotismos, bajo los colores externos de un solo país". 

De allí también nuestra compleja realidad, a la que condicionan o determinan distintos factores contrapuestos en lo político, económico, social, sindical, cultural, que ilustran patéticamente nuestros conflictos internos y la confusión reinante, una de cuyas expresiones ha terminado siendo directamente incompatible con el bienestar y el desarrollo de la Argentina, en el marco de un país a mitad de camino de su realización y de una Nación inconclusa y estancada -América Latina- a la que pertenecemos históricamente y cuya realización resulta la única oportunidad de salvación como continente para relacionarnos con dignidad y absoluta igualdad de condiciones con el mundo multilateral que llama a la puerta de nuestro destino.

Un hecho destacable: a lo largo del debate, José Ignacio Rucci nunca dejó de llamar "compañero" a Agustín Tosco, de cuyo coraje y entrega por la causa de los trabajadores cordobeses nadie dudaba, sobre todo por ser junto a Elpidio Torres y el negro Atilio López (verdaderos conductores de aquella patriada obrera y popular), uno de los protagonistas del Cordobazo de 1969, un hito en la movilización obrera de nuestro país, soportando la cárcel por esa misma razón. 

Y si los conductores y periodistas de "Las dos campanas" se propusieron neutralizar la figura de Rucci, dándole más importancia a la figura de Tosco (con quien al parecer los unía algunas coincidencias políticas e ideológicas), el resultado fue el contrario. Si bien Tosco pudo desplegar los argumentos teóricos de la izquierda tradicional en la Argentina, por su parte Rucci pudo demostrar cuan equivocado estaba Tosco y la "opinión pública" de clase media sobre el pensamiento, la conducta y la personalidad del dirigente más importante del movimiento obrero y del peronismo sindical en esos momentos críticos y a la vez expectantes de la historia argentina. 

Agustín Tosco venía precedido ante la opinión pública por la aureola de dirigente combativo, y José Rucci llevaba sobre sus espaldas el ser la expresión de lo que John William Cooke había definido como "el hecho maldito de un país burgués". 

En verdad el país que derrocó al peronismo y proscribió a Perón durante 18 años no era el país "burgués" en el sentido en que lo había sido la burguesía europea industrialista y revolucionaria en su etapa ascendente, que eliminó a la aristocracia, creó el Estado Nacional, impulsó el capitalismo industrial y terminó con la Edad Media en Europa, sino todo lo contrario. En nuestro caso se trataba del "país maldito" oligárquico y pro imperialista, que no dejaba desarrollarse a las fuerzas productivas del capital ni del trabajo argentino, como sigue sucediendo hoy. Roberto A. Ferrero lo definiría por eso como "el hecho burgués (revolución industrial, capitalismo de Estado, derechos laborales y sociales) del país maldito (oligárquico, anti industrialista, anti estatista, anti popular y anti nacional)"  

Eso explica la alianza que contra ese "país maldito" asumía el peronismo, integrado por la débil burguesía nacional y los demás sectores productivos, como así también y fundamentalmente por los propios trabajadores argentinos (columna vertebral del movimiento). 

El peronismo no encajaba por derecha ni por izquierda con el "país maldito" que detestaba y aún detesta, con un odio que traspasa todos los límites, a ese movimiento anti sistema llamado peronismo. Por eso, tratándose de la Argentina y de América Latina, siempre hay que aclarar, cuando se habla de sistema (porque hay dos "sistemas"), a cuál de los dos sistemas nos estamos refiriendo.

No es de extrañar por eso que, a la luz de aquel debate, se pudiera apreciar la parcialidad manifiesta en la consideración hacia uno y otro participante y en las conclusiones finales de dos de los tres panelistas del programa a favor de Agustín Tosco. ¿A qué sistema y país representaban unos y otros? 

Sucede que siempre, la cultura oligárquica -su prensa, sus medios y el argentino medio, que se ve reflejado en ellos-, ha jugado un papel determinante en la formación de la opinión pública y la administración de la información, más propicia a conceder crédito a las opiniones conservadoras o, en su defecto, a las posiciones de la izquierda tradicional -su aliada en 1930, 1945 y 1955- (representada en este debate por Tosco), y no a los movimientos nacionales y populares de su época, como el yrigoyenismo o el peronismo, enfrentados a ese sistema oligárquico provisto también de su propia derecha, centro e izquierda. 

Ese sistema "no burgués" (no capitalista), anti industrialista, conservador y contrarrevolucionario, en 1955 expulsó del poder al peronismo –"el hecho burgués del país maldito"- y lo proscribió y persiguió durante dieciocho años. A ese movimiento nacional expulsado, proscripto y perseguido por casi dos décadas representaba en ese debate José Ignacio Rucci. 

Con todo, sigue llamando la atención el desconocimiento o no reconocimiento de la trayectoria de Rucci, a través de esa idea "oficial" y oficiosa que definía al máximo dirigente sindical peronista de esa época como un "gremialista profesionalizado, sin base propia y promovido desde arriba, exponente típico de la cuestionada "burocracia sindical". 

Al contrario de lo que se conocía y de lo que pensaban de él los seguidores de Tosco, y hasta el mismo Tosco (en línea con lo que defendía la clase media argentina de derecha e izquierda formada en el ideario oligárquico), que acusaba a Rucci de ser un dirigente no combativo, burócrata, apolítico o, en su defecto, peronista vendido al sistema e incluso de ser traidor al movimiento obrero, Rucci tenía una trayectoria sindical impecable. 

La trayectoria de Rucci

Había comenzado su carrera laboral desde muy joven en Barracas, en la fábrica CATITA, establecimiento donde los historiadores de la UOM sitúan el origen de la Unión Obrera Metalúrgica de la República Argentina (UOMRA) con Ángel Pérelman en abril de 1943, y también el comienzo de la resistencia peronista ya a fines de 1955, cuando en diciembre de ese año, con Rucci a la cabeza -según nos cuenta Víctor Ramos en "Hombres de Acero. Historia Política de la UOM"-, "surgió de la comisión interna una huelga inesperada para reincorporar a varios delegados despedidos en la planta metalúrgica, que, debido a la lucha planteada, fueron reincorporados". 

En efecto, desde muy joven, y en momentos no muy propicios (en pleno comienzo de la dictadura del ‘55), Rucci comenzó a relacionarse en la lucha sindical con figuras combativas históricas del movimiento obrero argentino como Ángel Perelman, Augusto Vandor, Armando Cabo, Avelino Fernández, Paulino Niembro, Rosendo García, Miguel Gazzera; y compartió cárcel en 1959, en plena resistencia, con Lorenzo Pepe (Ferroviario), Luis Elías Sojit (Prensa), Andrés Framini (Textiles), Felipe Vallese, Lorenzo Miguel y Fernando Cabo (Metalúrgicos), Eleuterio Cardozo (De la Carne) y Amado Olmos (Sanidad). Precisamente, el recambio generacional de la UOM -el traspaso de antorcha de la vieja UOM de 1943 a la nueva-, señala Víctor Ramos, "fue en 1955, con Vandor en Philips, Avelino Fernández en Volcán, José Rucci en CATITA y Lorenzo Miguel en CAMEA". 

José Ignacio Rucci no era cualquier dirigente. Hasta en la persecución, el agravio gratuito y la diatriba, sin estridencias, era la síntesis de la historia de resistencia y entereza del movimiento obrero en tiempos difíciles. Y por eso Perón y el movimiento obrero lo reconocían como tal. Y por esa misma razón, los medios de comunicación del sistema oficial y su propia izquierda, lo desconocían y lo repudiaban.

El 2 de julio de 1970, al normalizarse la CGT nacional -como consecuencia de la lucha de los dirigentes y trabajadores peronistas- en aquel Congreso de Unidad, con la participación de más de 400 delegados de todo el país, José Ignacio Rucci fue elegido secretario general de la Central Obrera argentina. 

A solo siete meses de aquel debate público de 1973 en "Las dos campanas" y dos días después del triunfo del Gral. Perón y de su esposa en las urnas (23/09/73), tan solo su asesinato lograría que Rucci dejara de batallar por los derechos de los trabajadores. 

No había razón política, ideológica o sindical que justificara aquel crimen político. En cambio, José Ignacio Rucci justificaría con su vida la trayectoria en defensa de los intereses de los trabajadores argentinos, dejando claro quiénes eran unos y otros, más allá de las falacias de la cultura y de la historia oficial del "país maldito" (sistema oligárquico), que José Ignacio Rucci -ni burócrata ni apolítico- combatió siempre como trabajador, desde muy joven.

Queda para la siguiente crónica el desarrollo de aquel trascendental debate nacional.

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