Ellas son las Emprendedoras del Sol de la Ciudad de San Juan| Abrir nota completa...
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Mujeres sanjuaninas y otros relatos populares

La tierra sublevada

El 4 de junio de 1943, un movimiento revolucionario puso fin a la "Década Infame" en Argentina, marcando un cambio de poder en San Juan. Sin embargo, siete meses después, un devastador terremoto arrasó la ciudad, dejando una profunda huella de destrucción y duelo. 

Junio 4 de 1943, hay ruido de sables… Un movimiento revolucionario ha puesto fin a la "Década Infame"… 
Frente a la plaza principal, la Casa de Gobierno vive horas de mudanza. 
Desde una de las esquinas de la plaza, la Legislatura Provincial, otro símbolo del poder político sanjuanino, aguarda con indisimulable silencio el traspaso de autoridad. 


En la esquina noroeste, la Catedral y el Palacio Episcopal, cuyas paredes dan asilo al inquieto espíritu de Fray Justo Santa María de Oro (uno de los fundadores de la Patria), atestiguan con su inmaterial e imperecedera esencia la precariedad de todo poder terreno, y, por consiguiente, la inevitabilidad del cambio... 
Adentro de la plaza, el majestuoso bronce de Domingo Faustino Sarmiento, que preside la vida ciudadana, sufre su solemne inmovilidad más que nunca ante el irreverente e inusitado curso que adoptan los sucesos. 


Sin embargo, por lo que asevera la crónica periodística, San Juan no ha perdido su calma provinciana, casi colonial, frente a la sublevación de los coroneles. 
Ni siquiera el suntuoso edificio del Ferrocarril General San Martín se muestra sorprendido por el singular movimiento de los que ahora llegan y de los que ya se van, acostumbrado como está al contradictorio cruce de destinos. 
Al amparo de un mercado interno en expansión a causa de la guerra y de la sustitución de importaciones, establecimientos fabriles como el de los Padró y Fábrega (dedicado a la elaboración de jabones y velas respectivamente) se disponen a vivir sus mejores años. 


Ya conocidos los resultados definitivos del pronunciamiento militar, un grupo de transeúntes, cubiertos con el tradicional sombrero, atraviesa la plaza por una de sus avenidas del medio, y parece confluir en la esquina de una nueva esperanza con la fila de Ford último modelo que traídos por la curiosidad también llegan a la Plaza 25 por la calle Mendoza. 


Por su parte, mientras los coches de alquiler estacionados alrededor de la plaza esperan su próxima oportunidad, el imponente edificio del Hotel Estornell se apresta una vez más para servir de telón de fondo a los nuevos actores en escena. 


Pero siete meses después... el viejo e inconcluso drama de ser Nación o ser colonia, representado en sus primeros actos por los militares revolucionarios, adquiría un carácter de tragedia para la provincia cuyana... Eran las 20.55 del sábado 15 de enero de 1944. Nueve grados de intensidad en la Escala Mercalli esparcieron la noticia de que la tierra se había sublevado... Las viejas paredes, las veredas angostas y las altas cornisas asaltaron la ciudad con furia destructiva, poniendo en evidencia que Dios perdona siempre; los hombres a veces; la naturaleza... nunca… 
Como en todas las sublevaciones comandadas por la muerte, había vencedores y vencidos. 


Ante el golpe de la naturaleza, ningún símbolo del poder terrenal se mantuvo en pie: ni la Casa de Gobierno ni la Legislatura Provincial ni el Palacio Episcopal. Tampoco los símbolos del poder sobrenatural sobrevivieron al desastre: 10.000 templos del Espíritu Santo cayeron sepultados bajo los escombros. 


San Juansufría la tragedia más grande de su historia. La ciudad era un irreconocible cuerpo que esperaba ser enterrado junto a sus muertos. Ayer 14 de enero era la novia de un destino iluminado y promisorio. Hoy 15 era una viuda sin presente ni pasado (ese apacible solar donde maduraban sus sueños e ilusiones). 


Sonaban tremendas las palabras del poeta, porque, aunque doliera, había que levantar los muertos del camino y comenzar a hacer camino con la dolorosa verdad entre los dientes... 
Pero la Nueva Argentina, más que nunca, creía en la posibilidad de resucitar ese cuerpo destruido por la muerte. Como en las invasiones inglesas, como en la guerra por nuestra independencia, como en la Vuelta de Obligado o cuando la fiebre amarilla, aparecieron las reservas y energías recónditas del pueblo argentino. 


El Coronel que había retado a la historia, desafiaba a la adversidad junto a una dama hasta entonces desconocida de nombre Evita. Sin embargo, ante la terrible emergencia, también Dios había decidido trasladar a tierra sanjuanina su Departamento de Resurrección y Vida… 
Y el milagro no se hizo esperar. El cielo y la tierra se unieron para reconstruir San Juan y combatir la muerte en una autóctona comunión de santos y mártires. 
La otrora ciudad secular se convirtió en un inconmensurable evangelio viviente, adonde ya nadie pudo ser indiferente al dolor humano. 


Los caminos y calles sanjuaninos se llenaron de samaritanos que buscaban y recogían a los desvalidos… que enterraban a los muertos… que consolaban a las viudas y a los viudos… que amparaban a los huérfanos… y que, en su humana conmiseración intentaban, sin lograrlo, encontrarle un nombre al innominable llanto de los padres que lloraban desconsoladamente a sus hijos... 


Como contagiado de amor, cada corazón argentino se convirtió en un sagrario ante el que se arrodillaba la gratitud de los sanjuaninos… y el alma aguerrida y la templanza incansable de los Huarpes reanudaron la ancestral tarea de ponerse de pie para enfrentar la noche y una vez más sembrar el día... 
Ante la mirada omnipresente del lucero, un nuevo San Juan se gestaba a la intemperie después de celebrar nuevas nupcias con sus sueños. Y tantas almas maternales lograban repetir el milagro de convertir el agua insípida de la desolación en el próvido vino de la alegría. 


Regada con las fecundas lágrimas del duelo, la tierra volvió a engendrar soles y amaneceres para que el Tulum pudiere ver a sus hijos otra vez corretear por las acequias... 
La ciudad ayer sepultada y ahora revivida extendió al transeúnte las manos abiertas de sus calles y la amplia sonrisa de sus veredas... 
La capital del desconsuelo, ya cimentada en la profunda experiencia de la cruz compartida, comenzó a edificar modernas y elevadas ilusiones con sólidas esperanzas antisísmicas... 
San Juan había vencido a la muerte…

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