Desde chiquito, "El Viejo"
Desde muy chico su padre le enseño las labores del campo. A los pocos años cumplía con todas las tareas del trabajo agrícola. Creció, a los 26 años se casó, siguió con su actividad en el campo, fue constructor, volvió a la vida rural donde se especializó en la producción de zanahorias, luego trabajó en un criadero de cerdos y nuevamente el campo y la agricultura lo han acompañado en el tiempo. Aún hoy con más de 80 años tiene su huertita y produce algunas verduras para llevar a la mesa.
Sus pasos se hacen lentos, con un libro pasa varias horas leyendo al sol. Pasa su tiempo del merecido retiro con una vida tranquila, simple y humilde. Cada vez que sale y puede visitar una finca sus ojos se iluminan. Como si fuera energía para sus recuerdos sin dudas viaja en el tiempo, en la época que siendo joven producía maíz, cebollas y todo tipo de verduras en el Médano de Oro. Fue en esa época en que conoció a mi mamá con quien se casó tres años después. Luego de eso vino otra vida, la de casado, que la adoptó como un buen cristiano, con devoción hacia Cándida. A los pocos años de esto llegué a este mundo, tuve muchos problemas de salud y para salvarme la vida tuvo que migrar a Buenos Aires para salvarme la vida. Allí hizo de todo, pero su actividad fuerte fue en la construcción. Pero la forma de vida fue casi marginal, en tiempos de la dictadura solo alcanzaba para vivir en una vieja casilla prefabricada color verde con techo de lata, que por las noches lluviosas de Buenos Aires se mojaba más adentro que afuera. Yo solo era un nene muy chiquito que desde la ventana lo esperaba con mis autitos de juguete. Todo eso duró un poco más de un año, repuesto de mi problema de salud volvimos a San Juan. En esa etapa se dedicó a vender ropa con una valija y en bicicleta, pero la fuerza del campo le atraía más y terminó cultivando lechugas con mi abuelo Gabriel, un inmigrante español que llegó escapando de la guerra en la década del 20 del siglo pasado.
Los años pasaron y emprendió su camino de manera independiente, de esa forma fuimos a vivir en una casa en calle 14 y General Acha. Por ese entonces, no había energía eléctrica ni agua potable, pero lo principal era una mesa donde estaba el diálogo. Muchas veces a la luz de las estrellas porque no había querosene para encender la lámpara Radiosol o llenar el tubo de dos kilos de gas en una garrafa de otra lámpara. En esos tiempos, yo apenas un adolescente, me enseñó las labores del campo y sobre todo que uno se gana la vida con el esfuerzo y el trabajo. Pero, ante todo, siempre insistió en que estudiara, ya que era la única forma de ascenso social.
Cultivos de cebolla, lechugas, melones y pimientos eran parte de la temporada del hombre de campo. También estaba la mirada triste y melancólica cada vez que venía una manga de piedras y se llevaba el esfuerzo del trabajo de meses en un ratito. De todas formas, sostenía que había que apechugarla y salir al frente como sea. Eso implicaba salir a trabajar al día- changas en otras fincas- y cuando terminaba con la jornada, seguía con en la finca en la que estábamos.
"Nació, creció y se retiró en el campo.
Es su vida donde quiere pasar el tiempo y defender
sus costumbres"
Con los años, en la finca de los Giménez, comenzó a cultivar zanahorias. Primero unos bordos y luego se extendió en la superficie. Lavaba las zanahorias con mi madre y luego las cargaba en una bolsa de arpillera y las llevaba en bicicleta a los comerciantes de la zona que se las compraban. De esa forma se lo comenzó a conocer como el zanahoriero.
El me llevaba en la bici hasta la escuela Rudencido Rojo cuando inicié mis clases. En el camino, cargaba a cuanto chico podía en la bici para acercalos y que de esa forma llegaran más rápido. Por ese tiempo me enseñó el arte de la venta, me llevaba y de esa forma también aprendía como hacer negocios. Si hasta me impulsó a salir a la calle a vender verduras a los vecinos de la zona. Luego con un sulky de mi abuelo la cargábamos y hacíamos un recorrido más largo y más provechoso en lo económico por la zona. Lo recaudado, era para los gastos de la escuela y parte quedaba en la casa para que haya una moneda cuando las cosas se podían diferentes. En los tiempos complicados, salía a hacer otras changas, cortar aceitunas, uvas, limpiar acequias y siempre valorizando el trabajo como una única alternativa.
"La melancolía y la tristeza se le veía en el rostro cuando una manga de piedras se llevaba los cultivos"
Llegó la hiperinflación de Alfonsín, uno de los tiempos más difíciles para todos, y sin saber mucho de ganadería fue a trabajar al criadero de cerdos de un amigo. Nos fuimos a vivir a casi al fondo del Médano de Oro. Yo era un adolescente y por primera vez en mi vida contábamos en casa son luz eléctrica y la posibilidad de comprar electrodomésticos y hasta un televisor. Pero siempre su impronta era que estudiara, que no tuviera la misma vida que él. Ya en el criadero, papá son mi madre faenaban los lechones y el dueño del lugar los vendía en diferentes locales. A mí me instaron a que solo le diera fuerte a los estudios, siendo uno de los mejores de mis clases en el secundario. Era esfuerzo y trabajo.
Luego comencé con la universidad y sus ojos se le llenaron de lágrimas cuando les dije que quería estudiar periodismo. Orgulloso de lo que estaba logrando siempre que podía lo comentaba con algunas de mis tías, que a regañadientes criticaban mi decisión de estudiar. Para llegar a la Facultad de Sociales de la UNSJ tenía que ir en bicicleta hasta Pocito y desde ahí en colectivo, pero cuando no había dinero hacía todo el camino en bicicleta.
En casa la presencia de un libro, de estudiar y saber más siempre estuvo en sus manos. Cuando llegaba a casa y, cuando aún lo hago, lo encuentro leyendo. No importa qué, pero leyendo, desde un diario a una novela o simplemente un libro de poemas, que lo hacen un tipo sabio y culto.
Ya a finales de los 90, la crisis se hizo sentir en el criadero y de esa forma tuvo que salir a buscar otros rumbos. Así cuidó una finca, donde lo estafaron, porque no le pagaron lo prometido. También trabajó en un comercio y en una pasantía en la municipalidad de Rawson. Siempre la peleó en cada lugar donde le tocó estar, siempre pensando que, con trabajo y esfuerzo, mucho esfuerzo, se puede.
Así es que, ya entrado en años, volvió a la finca y a tratar de producir. Sin un peso, pero con mucho trabajo volvió al cultivo de lechugas. Sin embargo, la situación económica se hacía complicada. Por ese tiempo yo estaba inserto en los medios de comunicación y en lo que podía aportaba a casa y bancaba mis estudios. Sin dudas en casa formamos un equipo de a tres, que los tiempos difíciles no pudieron vencer, ni a mi madre, mi padre y yo. También lo vi lagrimear cuando me recibí de licenciado en comunicación, había podido cumplir su tarea.
"Siempre lo vi con algo para leer entre sus manos. Tanta lectura lo hizo un tipo culto y sabio"
Hombre recto, de pocas palabras y una mirada transparente, lo único que daba era hacer las cosas bien. Era la única forma de hacerlas. Pudo jubilarse y desde el retiro vive sus años más tranquilos. Pero no por ello se olvidó el campo, aún tiene su huertita donde pasa varias horas en su labor. También tiene sus aves de corral y hasta una yegua de trabajo, con la que araba y sembrada cuan do la edad se lo permitía.
Hoy su vida es tranquila, lee, es mi mejor crítico, con mis notas en el diario o con los libros que tuve en suerte escribir. Ahora sus palabras son lentas y pausadas, pero son una expresión del saber y de sus años.
Si seguro se dieron cuenta, estoy hablando de mi padre, don Victor Emilio García. Feliz día Viejo, como todos te conocen.
EL VIEJO
Don Victor Emilio García cuando nació tenía el pelo blanco, razón por la cual sus familiares le pusieron "el Viejo", así pasaron los años en el Médano de Oro todos lo conocen como el Viejo García. Hoy las canas de los años ameritan el apodo.